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07/08/2017

Todos los Colectivos,

SANIDAD Y POLÍTICA. UN MATRIMONIO MAL AVENIDO

SANIDAD Y POLÍTICA. UN MATRIMONIO MAL AVENIDO

La necesaria implicación de los médicos en la gestión ha acabado convertida en la intromisión de los gestores en la clínica.

​El modelo sanitario andaluz actual comenzó a configurarse en los años 90 del siglo pasado. Hasta ese momento, la gestión sanitaria estaba supeditada a la medicina. Las decisiones médicas se tomaban al margen de consideraciones económicas y los gerentes se limitaban a administrar los recursos demandados por los profesionales. La relación del médico con sus pacientes era asimétrica y paternalista, y los gestores, ante la imposibilidad de influir en las decisiones médicas, de las que depende gran parte del gasto sanitario, buscaban más el ahorro que la eficiencia. Pero en la década de los 90 comienza a implantarse el modelo de “gestión clínica”, que se basa en la idea acertada de que ambos conceptos no pueden ir por separado en la práctica. Sin duda, en la medicina actual los médicos debemos contribuir a mejorar la eficiencia del sistema, lo que influye en nuestra forma de entender la medicina.

Pero las iniciales reticencias éticas y profesionales de los médicos ante el nuevo modelo solo vinieron a reforzar la voluntad de los gestores/políticos de tomar el control de las decisiones clínicas. La implantación del nuevo modelo afectó tanto a los que entonces eran jefes por oposición (los llamados “pata negra”), como a los médicos jóvenes que por entonces aspiraban a mejorar la práctica de la medicina. Los gestores políticos menospreciaron a todos por igual. Muchos jefes eran los mejores en sus especialidades y gozaban de prestigio profesional, aunque ciertamente otros carecían de esas virtudes. Los había afines ideológicamente al partido en el gobierno, así como enemigos declarados del mismo. Algunos se dedicaban en exclusiva y con pasión a la sanidad pública, pero no faltaban quienes la utilizaban para hacer más rentables sus consultas privadas. La misma división se daba entre los más jóvenes. En cualquier caso, a los ojos de la Administración todos éramos culpables, aunque no sabíamos bien de qué. 

De forma progresiva, los gestores/políticos fueron colocando en los puestos médicos de responsabilidad, incluidos los cargos intermedios, a aliados fieles. Para optar a uno de esos puestos la cualificación profesional era conveniente, pero solo sería tenida encuenta si iba acompañada de la virtud imprescindible de la lealtad. Solo el jefe que, llegado el momento, se mostrase dispuesto a supeditar los criterios clínicos o los derechos laborales de sus compañeros a los designios de la Administración podría permanecer en su puesto. Esto excluyó a la mayoría de los profesionales, reacios a basar sus decisiones en criterios políticos, de la carrera profesional, relegándolos a puestos de base.  La carrera profesional que se les ha ofertado no es sino un trámite burocrático, alejado de la práctica médica real, cuyos efectos económicos llevan años paralizados.

Con el tiempo, una gran parte de los puestos de responsabilidad (aunque, ciertamente, no todos) han acabado ocupados por médicos jóvenes, incluso con contratos temporales, que han aceptado la oferta por ambición o simplemente para obtener un puesto de trabajo, ante la negativa de los médicos de plantilla a aceptar una dirección politizada. Sus decisiones no se apoyan en la autoridad que proporciona el conocimiento, sino en el mero poder emanado de la Administración. Los médicos que hace décadas querían cambiar las cosas basándose en criterios éticos y profesionales, acabaron quemados y a las órdenes de jefes dóciles ante las exigencias de los políticos. Lo que debía consistir en la implicación de los médicos en la gestión sanitaria, acabó convertido en la intromisión de los gestores en las decisiones clínicas.

Este nuevo modelo ha afectado también de forma importante a los médicos jóvenes y a los MIR. En cuanto a los primeros, han podido comprobar cómo la forma más segura de obtener un puesto de trabajo no consiste en demostrar grandes capacidades profesionales, sino en mostrarse complaciente ante las demandas del jefe. A menudo los puestos de los centros situados en las capitales son ocupados por médicos que acaban determinar la especialidad, mientras muchos propietarios pasan años en un comarcal sin poder optar a un traslado. Normalmente, la razón de la preferencia por el joven no es su cualificación, sin duda muy alta, sino la previsible sumisión a que lo obliga la precariedad de su nombramiento eventual. Los MIR, por su parte, aprenden muy pronto una terrible lección: su carrera profesional dependerá más de sus relaciones con el poder que de sus cualidades profesionales.

Por suerte para los políticos/gestores, la medicina es una profesión en gran medida vocacional cuyo ejercicio implica un compromiso personal con el bien del paciente. Se diría que la medicina que no se ajusta a determinados patrones éticos no es medicina. Esto garantiza que incluso los médicos peor tratados y más descontentos con el sistema ejercerán su profesión con dedicación y responsabilidad. Los políticos/gestores abusan sin duda de esta red de seguridad. Pero sería ingenuo pensar que esta perversión del sistema sanitario no tiene consecuencias negativas para el mismo.

Urge despolitizar la sanidad. Es imprescindible que la clínica ocupe el lugar que le corresponde, lo que no significa que los médicos suplantemos a los órganos de decisión democráticos. La población debe elegir el modelo sanitario que quiere y a los profesionales nos corresponde contribuir a su funcionamiento óptimo. Pero que los políticos sean los representantes de la voluntad democrática de la población no los legitima para utilizar la sanidad como herramienta electoral o instrumento para el ejercicio del poder al servicio de los intereses del partido. La evolución de los últimos años, en todo el territorio nacional y bajo gobiernos de diverso signo, nos hace ser pesimistas al respecto, pero al menos os podemos asegurar que no dejaremos de luchar por la dignidad de nuestra profesión, la calidad de la asistencia que reciben nuestros pacientes y la honestidad en la gestión de nuestros centros. 

Comité Ejecutivo SMA